LA JUSTICIA COMO UN DEBER ANTES QUE UN DISCURSO
Dra. Verónica Vásquez
Salvatierra
Cada 27 de julio Bolivia conmemora el Día del Juez
Boliviano, fecha instituida en homenaje al natalicio de Pantaleón Dalence,
jurista cuya trayectoria representa uno de los pilares sobre los que comenzó a
edificarse la administración de justicia en nuestro país, sin embargo, esta
conmemoración no debería reducirse a un reconocimiento protocolar, ni a un acto
meramente institucional, más bien constituye, sobre todo, una oportunidad para
reflexionar acerca del verdadero significado de la justicia y del papel que
desempeñamos quienes tenemos la responsabilidad de hacerla efectiva.
Vivimos una época particularmente compleja para la
administración de justicia, la ciudadanía expresa, profundas preocupaciones
respecto a la mora judicial, la burocracia, las limitaciones tecnológicas, la
insuficiencia presupuestaria y los constantes cuestionamientos sobre la
independencia de los órganos jurisdiccionales, a esto se suman los reiterados
intentos de trasladar al escenario judicial a disputas políticas o intereses
ajenos a la función jurisdiccional, generando una percepción de fragilidad
institucional que termina erosionando la confianza pública.
Negar esa realidad sería desconocer uno de los
principales desafíos del Estado, empero reducir toda la justicia a esa crisis
también sería profundamente injusto; debemos entender que detrás de cada
expediente existe un juez, jueza que estudia durante horas un proceso; detrás
de cada audiencia hay una autoridad que debe decidir sobre el patrimonio, la
libertad, la familia o la dignidad de las personas; detrás de cada sentencia
existe un ser humano consciente de que una firma puede cambiar la vida de
alguien, esa realidad cotidiana pocas veces es visible para la sociedad, pero
constituye el verdadero rostro de la función jurisdiccional.
La justicia no es una institución; es, antes que
nada, un valor.- Desde la Universidad
nos refieren historia, como Aristóteles hasta las modernas concepciones
constitucionales, inculcándonos que la justicia ha sido entendida como la
permanente búsqueda de otorgar a cada persona aquello que le corresponde
conforme al derecho y a la dignidad humana, por ello, ningún sistema judicial
puede medirse únicamente por el número de causas resueltas o por indicadores
estadísticos; su verdadera legitimidad se encuentra en la capacidad de generar
decisiones imparciales, razonadas y respetuosas de los derechos fundamentales.
Una jueza o juez no puede concebirse simplemente
como un aplicador mecánico de normas, (escuela de Montesquieu); para todos los
juristas la ley constituye el punto de partida, pero la justicia exige
interpretación, prudencia, razonabilidad y responsabilidad ética; en mi
experiencia es notable resaltar que cada decisión jurisdiccional representa el
delicado equilibrio entre el mandato de la ley y las circunstancias
particulares de las personas que acuden al sistema judicial esperando encontrar
respuestas; precisamente por ello, la independencia judicial adquiere una
dimensión que trasciende al propio juez; No constituye un privilegio ni una
garantía personal; es un derecho de la ciudadanía, solamente un juez libre de
presiones políticas, económicas, mediáticas o de cualquier otra naturaleza
puede decidir exclusivamente conforme a la Constitución, la ley y las pruebas
producidas dentro del proceso; cuando esa independencia se debilita, quien
verdaderamente pierde no es el juez, sino el ciudadano que deposita en los
tribunales la tutela de sus derechos.
No puede ignorarse que el sistema judicial
desarrolla su labor bajo condiciones particularmente adversas, los recursos
económicos resultan insuficientes frente al crecimiento constante de la población
en litigio; la infraestructura judicial continúa siendo limitada; la carga
procesal supera, en muchos casos, la capacidad operativa de los despachos; y
las expectativas sociales sobre la justicia aumentan legítimamente cada día,
sin embargo, ninguna de estas circunstancias puede convertirse en excusa para
incumplir el deber jurisdiccional, pero tampoco pueden ser omitidas cuando se
analiza objetivamente la realidad de la justicia.
Es precisamente en ese contexto donde adquiere
especial relevancia la labor silenciosa de miles de jueces que, lejos de los
titulares o del reconocimiento público, continuamos ejerciendo diariamente
nuestra función con honestidad, rigor jurídico y absoluto respeto por el debido
proceso, considero que este artículo va dirigido a quienes sostenemos, muchas
veces con enormes sacrificios personales y profesionales, el funcionamiento del
Estado de Derecho.
Existimos jueces que estudiamos expedientes hasta
altas horas de la noche para emitir resoluciones debidamente fundamentadas;
jueces que resistimos a cualquier tipo de presiones externas para preservar nuestra
independencia; jueces que escuchamos con respeto a quienes acuden a los
tribunales buscando una respuesta; jueces que comprendemos que administrar
justicia no consiste únicamente en resolver conflictos, sino en preservar la
confianza de la sociedad en la legalidad.
Y ello demuestra que la justicia continúa siendo
posible aun en medio de las dificultades institucionales.
Los Principios de Bangalore sobre la Conducta
Judicial sintetizan precisamente esa visión ética de la judicatura,
Independencia, imparcialidad, integridad, corrección, igualdad, competencia y
diligencia no son conceptos decorativos destinados a los discursos académicos;
constituyen estándares mínimos que deben orientar cada decisión judicial, cuando
un juez hace propios estos principios, no solamente fortalece la calidad de sus
resoluciones, sino que contribuye a reconstruir la credibilidad del sistema
judicial.
La confianza pública no se recupera mediante
declaraciones institucionales ni mediante reformas aisladas, se reconstruye
sentencia tras sentencia; audiencia tras audiencia; decisión tras decisión, cada
resolución correctamente fundamentada, cada proceso conducido con imparcialidad
y cada derecho efectivamente protegido representan pequeños actos que,
acumulados, permiten devolver legitimidad a la administración de justicia.
Por ello, el Día del Juez Boliviano también debe
ser una fecha para reconocer a quienes comprenden que la toga no representa un
símbolo de poder, sino de responsabilidad, que entienden que la autoridad
jurisdiccional encuentra su mayor fortaleza en la independencia y su mayor
legitimidad en la confianza ciudadana, que saben que el prestigio del juez no
proviene del cargo que ocupa, sino de la rectitud con la que ejerce su función.
Pantaleón Dalence dejó un legado que conserva plena
vigencia ya que la justicia solamente adquiere sentido cuando se encuentra al
servicio de la sociedad y nunca de intereses particulares, ese legado continúa
recordándonos que el derecho pierde su esencia cuando se aparta de los
principios éticos que le dan fundamento.
Hoy, cuando Bolivia enfrenta enormes desafíos para
consolidar un sistema judicial moderno, eficiente e independiente, el mayor
homenaje que puede rendirse a quienes administramos justicia no consiste
únicamente en felicitarnos por nuestro día, el verdadero homenaje es reafirmar
el compromiso colectivo con una justicia libre, imparcial y accesible; una
justicia protegida de cualquier intento de instrumentalización política; una
justicia dotada de los recursos necesarios para cumplir adecuadamente su misión
constitucional; pero, sobre todo, una justicia integrada por mujeres y hombres
que comprendan que cada resolución representa un compromiso con la verdad, con
la legalidad y con la dignidad humana.
Porque, al final, la fortaleza de la justicia no
depende únicamente de sus instituciones, sino de la integridad de quienes las
sirven, mientras existamos jueces que, pese a las dificultades, decidamos
únicamente conforme a la Constitución, la ley y nuestra conciencia jurídica;
mientras existan autoridades que comprendamos que la independencia no es un
privilegio sino un deber; mientras haya quienes coloquemos el valor de la
justicia por encima de cualquier interés circunstancial, seguirá existiendo
esperanza de fortalecer el Estado de Derecho.
En este Día del Juez Boliviano, el reconocimiento
debe dirigirse precisamente a todos nosotr@s, a quienes, desde el silencio de nuestros
despachos y lejos de cualquier protagonismo, recordamos cada día que la
justicia no se proclama, se ejerce, y que, aun en tiempos de crisis, continúa
siendo el fundamento indispensable sobre el cual descansa la libertad, la
igualdad y la convivencia democrática de nuestra sociedad. -

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